Wakefield, Nathaniel Hawthorne


En el primer párrafo del cuento Wakefield, de Nathaniel Hawthorne, encontramos un breve resumen de la historia que el narrador quiere contarnos. Ese resumen no nos quita el interés por leer el resto de la historia sino todo lo contrario. Esa es una de las muchas razones por las que este cuento, ya un clásico, es uno de mis preferidos (tal vez el preferido) entre todos los cuentos de todos los autores que he leído (que no son muchos, aclaremos). Otra de las razones es la originalidad de la historia.
No es común que un cuento concentre prácticamente toda la tensión en las primeras oraciones. En ese sentido, encuentro cierta similitud con La metaformosis de Kafka (Borges, dicho sea de paso, vio en Hawthorne, con sus historias colmadas de pesadillas, a un antecesor de Kafka). En La metaformosis el comienzo también es fundamental. A diferencia de lo que sucede en los cuentos tradicionales, en los que el momento de mayor clímax es el final, en este caso la tensión de las primeras líneas ya no será superada. Lo que sigue al primer párrafo es una descripción detallada de los pormenores posteriores a esa espantosa transformación.

Así comienza:
“Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre—llamémoslo Wakefield—que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco—sin una adecuada discriminación de las circunstancias—debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial, cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal—una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte”.

Después de leer este párrafo, cómo no seguir leyendo. Uno quiere saber por qué Wakefield hizo lo que hizo, qué clase de hombre era y cómo llevó a cabo esa ridícula aventura. Ahí notamos la pericia del genio de Salem.

El cuento completo se puede leer en el siguiente enlace:

La historia de Wakefield es tan rica en posibilidades, en elipsis, en caminos que se abren, que ha dado lugar a otros libros, como la novela del escritor argentino Eduardo Berti: La mujer de Wakefield, en la que cuenta la historia desde el punto de vista de la mujer del excéntrico viajante, abandonada durante 20 años, convertida en la viuda prematura de un hombre que juega a ser un fantasma y merodea su propia casa.